jueves, 13 de enero de 2011

INDICIOS: TESTIGOS MUDOS, por el inspector Otín


Mi querido colega José Mª Otin, afamado criminólogo, inspector del CNP y uno de los pocos que ha trabajado a nivel práctico la técnica del "criminal profiling" (perfil criminal) en España, nos honra con este magnífico artículo sobre criminalística.
Conocí en persona a José Mª en el congreso de profilig de Valladolid del año pasado, organizado por la Sociedad Española de Criminología. Otín dió una magnífica conferencia sobre la evolución, utilidad y novedades en profiling, y rápidamente entendí que hablaba con conocimiento práctico del asunto, cosa que hacen pocos, la mayoría empeñados en repetir las palabras de otro escritas en un libro o en una serie televisiva. En las palabras de José Mª encontré mis pensamientos instantáneos en los diez años que llevo revisando homicidios y desapariciones sin resolver en Canarias, realizando informes de reconstrucción y perfil, para reactivar los casos más difíciles que a veces la policía no puede desenrredar.

Tras la charla de José Mª le comenté que uno de mis mentores ha sido el Comisario Álvarez Saavedra, autor de numerosos libros sobre criminalísitica, y una eminencia en la policiología. José, había trabajado con él, y también lo consideraba una referencia, por tanto, creo que nuestra conexión fue inmediata, como la de dos científicos que han tenido el mismo maestro.

En ese congreso, compartimos experiencias con Marck Safaric (exagente del FBI-Unidad de Ciencias del Comportamiento) y otros muchos, para mi fue una satisfacción que se me escuchase, y pudiera contar mi experiencia práctica en el profiling. Ese día, fue uno de esos, en los que sientes que ha merecido la pena sacrificar tiempo, esfuerzos y dinero, en ayudar a algunas familias de víctimas.

Félix Ríos - Criminólogo

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INDICIOS: TESTIGOS MUDOS


En el lugar del delito, realidad y ficción se confunden. El poder de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, y series de enorme éxito como “C.S.I.” han acercado al gran público a los entresijos de la investigación criminal y han puesto de relieve el valor de los indicios en la misma. Pero no todo es cierto. ¿Qué hay de realidad y qué de ficción? En este trabajo nos acercaremos al lugar del crimen para saberlo, sin perder el rigor científico.

Se acaba de cometer un delito. Nada más tener conocimiento de ello, una patrulla de la policía se desplazará al lugar del hecho para, entre otras, llevar a cabo una importantísima misión: la protección del mismo. Tras la cinta policial que establece esa frontera con el mundo del delito, se esconde un tesoro para los investigadores: multitud de indicios, cuyo valor puede ser incalculable para conocer lo sucedido y encontrar al culpable.

Cualquier objeto, cualquier sustancia, cualquier materia, puede convertirse en indicio: un chicle en el suelo, un ticket de compra, una fibra invisible, el olor de un perfume… Son auténticos testigos mudos pero muy elocuentes de lo ocurrido, únicamente hay que conocer su idioma para interpretarlos adecuadamente.

El auténtico valor de un indicio es su posibilidad de convertirse finalmente en prueba que sirva ante un tribunal para esclarecer el hecho juzgado. El trabajo de múltiples especialistas en perfecta armonía debe obrar el milagro: desde el primer policía encargado de protegerlo hasta el científico forense que expone sus conclusiones en el Juzgado.

¿Qué puede constituir un indicio?

Todo contacto deja rastro. El criminal siempre dejará algo suyo en el lugar del delito y se llevará algo de éste consigo. Este axioma de la investigación criminal, formulado hace más de un siglo por el insigne profesor Locard, no ha perdido un ápice de su vigencia con el paso del tiempo.

Para la Criminalística (disciplina encargada del estudio y análisis de los indicios) puede serlo cualquier cosa de cualquier naturaleza que haya sido usado o producido en la comisión de un delito y que puede proporcionar las bases científicas o técnicas para orientar una investigación criminal. Los indicios no entienden de formas, olores, colores, o sabores: La huella de un zapato, la impronta de una herramienta, el rastro de un olor, la ausencia de un objeto, han sido y probablemente seguirán siendo indicios que han permitido resolver crímenes.

¿Qué pueden aportar los indicios?

Desde situar al sospechoso en el lugar del delito hasta proporcionar elementos clave para resolverlo, corroborar o refutar testimonios, e incluso convencer al juzgador de la culpabilidad del reo si constituyen una concatenación lógica capaz de convertirse en auténtica prueba.

El A.D.N. contenido en una minúscula gota de sangre puede llevar al culpable a prisión, pero también pueden hacerlo los minúsculos fragmentos de vidrio pertenecientes a las gafas del criminal y que perdió en la lucha con su víctima. Un trozo de papel arrugado y casi ilegible que resultó ser un ticket de compra recogido en una papelera sirvió para esclarecer una misteriosa muerte, y el olor a pescado de un violador llevó a la Policía hasta él.

Son innumerables los ejemplos de casos reales como los descritos que demuestran la utilidad de estos testigos mudos, pero no todo es tan fácil como pueda parecer. En muchas ocasiones, ni siquiera hay indicios. ¿O quizá debería decirse que no se han encontrado? Un buen investigador sabe que “la ausencia de pruebas no es prueba de su ausencia”. Pero por desgracia, en multitud de ocasiones ni todo el arsenal técnico y científico del que hacen gala los policías forenses de “C.S.I.” es capaz de obtener un solo indicio de valor en la escena del crimen. ¿Cómo es posible esto?

Por su gran fragilidad. Hay indicios enormemente sensibles a todo lo que les rodea: la contaminación ambiental, las inclemencias meteorológicas, las manipulaciones indebidas…

El ADN, sin ir más lejos. La gran pantalla nos ha hecho creer que es posible localizar y recuperar ADN de cualquier parte y en cualquier condición. Esto solo es parcialmente cierto. Aunque actualmente la ciencia forense cuenta con técnicas de detección enormemente sensibles, la realidad demuestra que en muchos casos es imposible obtener ADN con valor identificativo, bien porque no se ha conseguido aislar y recoger la muestra o bien porque ésta se encontraba muy degradada al haber sido afectada por la humedad, el calor, o la contaminación. Y lo mismo ocurre con muchos otros indicios biológicos, físicos o químicos.

Y a lo anterior hay que sumar el que en muchas ocasiones constituye el mayor peligro para la integridad de los indicios: la manipulación humana. La curiosidad malsana, la ignorancia o la incompetencia tienen un gran poder destructivo. La torre de gruesos muros construida a base de sólidos indicios puede ser fácilmente derribada ante un tribunal por la simple ruptura de un eslabón en la importante cadena de custodia que han de seguir los indicios en todo su recorrido, desde su hallazgo hasta su presentación en la mesa de pruebas de una sala de audiencias. El famoso caso de la estrella del deporte y la televisión O.J. Simpson supuso un lamentable pero eficaz ejemplo de esto.

Aquí radica la importante, difícil y desconocida tarea de la adecuada protección de los indicios, que va mucho más allá del simple acotamiento del lugar con cinta policial, y que afecta de distinta manera a todos los implicados en el hecho. Una buena labor de protección y custodia del lugar del delito aumenta exponencialmente las posibilidades de éxito de la investigación posterior. Como ejemplo, valga decir que un elevado porcentaje de casos de homicidio irresolutos lo son por una pésima protección inicial del lugar del crimen, con la consiguiente pérdida del caudal informativo que los indicios destruidos pudieran haber aportado.

José Mª Otín - Criminólogo

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